El cincuentenario del CANL: una historia de la lucha por agremiar un oficio.

Este 2015 se celebra el aniversario número cincuenta de la fundación del Colegio de Arquitectos de Nuevo León, A.C. (CANL). Medio siglo de actividad amerita una revisión desde varios ángulos acerca de este fenómeno gremial en una ciudad que no se ha distinguido por la unidad de sus distintos grupos sociales, mucho menos cuando el objetivo de reunirse ha intentado trascender las fronteras del ocio. Pero este caso ha sido distinto.

El CANL nació con toda oficialidad –acta constitutiva de por medio– en 1965 con la intención superior de vigilar el ejercicio profesional “dentro del más alto plano legal y moral”. Esta declaración de origen, asentada en los primeros renglones de aquella acta histórica, habla de la preocupación más grande que el oficio de la arquitectura, junto con otros de gran compromiso social, ha tenido entre sus mejor intencionados representantes, quienes desde su tribuna han tenido que poner la cara ante una opinión pública que no desaprovecha la ocasión de denostar el ejercicio de esta noble profesión cuando algunos de sus practicantes ha fallado, ya por falta de pericia, ya por intención sesgada.

Es de hacerse notar que de los quince los arquitectos que se reunieron aquel 20 de abril de hace cincuenta años, la gran mayoría eran jóvenes profesionistas que habían hecho sus estudios en alguna de las dos escuelas locales de arquitectura a lo largo de la década de 1950. Aquellas dos instituciones, la Escuela de Arquitectura del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM) y la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Nuevo León (UNL) habían sido creadas tan recientemente entonces que sus primeros egresados se graduaron en 1950 y 1951, respectivamente.

La “vieja guardia” iba cediendo el paso de modo inexorable a las nuevas generaciones, pero aquellos no iniciaron esto solos. Ya había antecedentes. En 1957 un nutrido grupo de arquitectos de gran prestigio y reconocimiento local, algunos de ellos con más de treinta años de experiencia profesional, fundó el ancestro directo y padre del actual CANL: la Sociedad de Arquitectos de Nuevo León, A.C. (SANL). Aquel evento fue la integración –casual si se quiere, pero real para todo efecto práctico– de dos visiones distintas del quehacer arquitectónico en Monterrey; por una parte los consagrados y respetados decanos del oficio –como Eduardo D. Belden, Juan R. Múzquiz o Arturo E. González–; por la otra, los jóvenes –como Enrique Lobo, Héctor Quintanilla o Antonio Fuentes– con todo el futuro por delante y el deseo de pertenecer e identificarse con un grupo que se articulaba en el interés de proteger y amparar los intereses de la profesión. Eso tardó años. La década de 1960 fue titubeante en la construcción de la idea de gremio, pero el papel que aquellos jóvenes pudieron desempeñar con más madurez a partir de la siguiente llegó a alcanzar tales notas de prestigio para el CANL, que aún hoy ese legado se recuerda y se muestra como ejemplo.

Pero esta reseña no puede concluirse sin mencionar que la historia de los intentos que hicieron los arquitectos de Monterrey por agremiarse no comenzó en 1965 ni en 1957, sino aun más de quince años antes. Entre 1941 y 1943 los periódicos locales El Porvenir y El Norte solían publicar una pequeña publicidad pagada que se titulaba “Sociedad de Arquitectos del Estado de Nuevo León”. Los nombres que la suscribían eran solo seis: Joaquín A. Mora, Luis F. Flores, Arturo González Jr., Juan R. Múzquiz, Plácido Bueno Jr. y Lisandro Peña Jr. Todos ellos eran, ya para entonces, profesionistas de gran reputación local que habían hecho sus estudios de arquitectura entre 1927 y 1935 en los Estados Unidos a falta de escuelas locales cercanas. Con sus diseños y su gran calidad constructiva lograron cambiar el paisaje urbano de Monterrey para establecer los grandes referentes de toda una gran época de nuestra arquitectura que se extendió por espacio de unos treinta años, desde principios de la década de 1930 hasta finales de los años cincuenta. Algunos de ellos formaron parte de la fundación del SANL en 1957; solo uno –Arturo E. González–estaría dentro de los quince que fundaron el CANL en 1965. ¿Aquel primitivo antecedente de principios de los años cuarenta llegó a constituirse oficialmente como asociación civil? ¿En qué consistieron sus trabajos en beneficio del gremio? Aunque hasta ahora las respuestas son incógnitas, lo evidente es que merced a la gran calidad y cantidad de su obra en conjunto, plena de creatividad y atractivo, a la postre su trabajo sentó las bases con que habría de comenzar a reconocerse y apreciarse la labor de los profesionistas de la arquitectura –valores que fueron prácticamente invisibles en la primera mitad del siglo XX– en una sociedad que hasta entonces resolvía sus problemas de diseño y construcción con los ingenieros y los maestros de obra.

Hoy está claro que gracias a instituciones que han hecho visible la relevancia del oficio del arquitecto en nuestra comunidad, como el CANL, la definición y consolidación de nuestro gremio son objetivos logrados y superados.

Recopilación de historia: Edna Peza y Juan Casas